Historia de la locochona

— ¿La locochona hace guau? —dijo el profesor Aveparda mirando al recién llegado como si fuera un extraterrestre.
—No es un perro, en todo caso —replicó Thoor Charro, que no era un alien, por cierto—; es shubidubi, de gusto sabrosón y medio sicodelicote.
—Me encanta —dijo el profesor Aveparda—. ¿Dónde se compra?
—En el bazar del Turco Osama. Ese te vende de todo: locochona, potochoza, paladiums y pilas de uranio.
— ¿Y si quiero comprar un homínido?
Se hizo un silencio; no uno incómodo, sino de esos que se usan para aclarar gargantas y presumir los puros que Thoor Charro traía en la chamarra.
—Más que eso —replicó al encender el puro—, homínidos bípedos cuasi racionales de cualquier color que se le ocurra. Las pilas de uranio vienen incluidas. En serio. Será un viaje que nunca olvidará.
La locochona resopló en el bolsillo de Thoor Charro. El aire se hizo fluorescente por unos segundos pero nadie prestó atención; o al menos no dijeron nada para no quedar como locos que ven su aliento convertirse en ondas de colores brillantes ante sus ojos.
—Me arrepentí. No quiero homínidos, quiero locochonas. ¿Tiene dos, macho y hembra? —preguntó Aveparda.
—Yo no tengo nada. Ya le dije que el que las vende es el Turco —replicó Thoor arrojando una nube de humo rojo hacia el techo—. Pero le aclaro que para que las locochonas se apareen tienen que estar presentes los tres sexos de la especie, aunque uno, el de los cuernos, solo mira cómo los otros dos lo hacen.
El profesor abrió los ojos de tal modo que los párpados, acalambrados, se le perdieron entre las rastas. —O sea que, a fin de cuentas, es usted extraterrestre…
—Intraterrestre amigo —dijo Thoor—. No se confunda.
—Bueno, voy a comprarme dos tríos.
—De acuerdo. Son setecientas rupias venusinas —dijo Thoor con los ojos relucientes de codicia.
— ¿No dijo que se compraban en la tienda del turco Osama?
— ¿Por qué no te vas a la concha de tu madre? —exclamó el intraterrestre, con el puro entre los dientes, dando media vuelta y saliendo del prostíbulo por la ventana.

 

 

Cuento escrito junto a Esteban Moscarda y Sergio Gaut vel Hartman para el blog Breves no tan Breves, de Heliconia.

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