A Simple kind of man

And be a simple kind of man.
Be something you love and understand.
Baby, be a simple kind of man.
Oh won’t you do this for me son,
If you can?


Todos los días uno se monta en esa necedad de convertirse en un ser complicado. Complejo, hijo de algún rey místico del mundo antiguo o algo así. Y con todo y que eso puede ser hasta divertido, no es otra cosa que un síntoma de imbecilidad. Ser simple tiene sus ventajas, como el Dude, que era un tipo simple y aun así se metió en un problema gigante que resolvió de la misma forma: simple y cool.

Cada que me encuentro a mí mismo pensando en que debería escribir más — después de todo, la mayor parte del tiempo a eso me dedico —, me enfrento a que, supuestamente, debería también tener algo interesante que decir. Todo el tiempo, a cada rato. Un escritor, dicen, debería estar cada minuto del día contando una historia o entreteniendo a sus lectores con algo novedoso — o peor aún, estar obligado a inspirar a otros, nomás porque sí —. Una estupidez por donde se le vea. Ningún escritor, o para el caso ninguna persona que se atreva a contar algo, está obligado a tener siempre algo que decir. Nada interesante es a la vez todo interesante.

Ya me compliqué.

La cosa es, vamos por lo simple: Lynryd Skynryd no puede estar tan equivocado, hijo.

Esto lo escribí mientras duraba la canción en vivo: siete minutos veinte.
Simples, man.


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