Estar preparado

Si alguna vez nos hemos reprochado lo increíblemente tediosa que es nuestra vida, este año llegó para darnos una bofetada tan grande que nuestras quijadas salieron volando hasta Moscú. Al principio nadie creía que existiría algo en el mundo capaz de obligar a miles de millones de personas a encerrarse en sus casas, a usar mascarilla como parte de su vestimenta diaria, a evitar hacer cosas que durante décadas pensamos que eran completamente normales e indefensas.

Nos llevamos una gran sorpresa. O, quizá no tanto.

La ficción nos ha enseñado, durante más de medio siglo, que cualquier cosa es posible y que lo mejor que podemos hacer es estar preparados.

Pensemos rápidamente en esto.

Un pequeño pueblo en las afueras de una ciudad grande, donde suele llevarse una vida tranquila, donde uno pude respirar aire fresco, comer algo regional, mirar pastar al ganado una tarde de viernes después de las labores diarias, un lugar donde no existen las oficinas corporativas ni los diseñadores freelance.

Un pequeño pueblo donde, un día cualquiera veamos surgir una criatura gigante por detrás de los cerros, un insecto sobrealimentado que mueve sus antenas que parecen eternas, que posa gracilmente sus ocho patas por donde, seguramente, estuvimos sentados disfrutando el aroma del pasto y contando las hojas de los árboles cayendo a nuestro alrededor.

Parece imposible, ¿no?

Quizá un día como cualquier otro, en una ciudad como esta, comencemos a toser cada vez más fuerte y sin parar. Expulsando flemas viscosas y sanguinolentas. Perdiendo poco a poco el equilibro mientras nuestro cuerpo lucha a muerte contra un virus desconocido. Sentimos que nuestra mente se hace cada vez más liviana y se cierra a paso lento frente a nuestros ojos.

El último recuerdo es nuestro familiar más cercano, nuestra pareja, un buen samaritano dejándonos en manos del personal de un hospital mientras vemos de reojo gente corriendo de acá para allá, llevando batas y varias capas de cubrebocas, usando trajes que nos recuerdan esas viejas películas de ficción nuclear, personal médico en pánico por algo que nadie comprende pero todos sufren.

Y aquí es donde la ficción se diluye con la realidad.

Despertamos en nuestra cama de hospital, tenemos encima la bata azul claro que sólo cubre la mitad del cuerpo, dejándonos el culo a voluntad del aire frío. La vemos desgastada, rota. Las agujas y manguerillas que alguna vez estuvieron en nuestras venas están ahora caídas, apenas se sostienen finamente a nuestra piel con rastros de sangre coagulada hace semanas.


¿En dónde estamos? ¿Sobrevivimos la estancia médica o seguimos bajo anestesia?


Adornos navideños colgando pesadamente de las paredes, testigos de fiestas que parecen no haber alcanzado a iniciar para tener que terminar abruptamente. Sin amor y sin paz.

Nadie alrededor. Solo nosotros. Sólo tú.

Pecaríamos de ingenuos si nos empeñamos en jurar que esto no ha pasado por nuestra cabeza este 2020. De hecho, estoy seguro que nos pasó por la cabeza miles de veces la última década, pero los últimos nueve meses lo hemos sentido aún más cerca. Tocando a la puerta, esperando escucharnos decir: Adelante, pasa.

Una esperanza en forma de vacuna que podría significar el final de la pesadilla, pero también el inicio de una nueva. Nuevo orden mundial hecho de todo lo que dejamos escapar de la fantasía por considerarlo demasiado.

Un golpe. Un segundo.

Volteamos a cada rincón de nuestra casa buscando qué podría servir como arma contundente. ¿Electrodomésticos de tamaño mediano? ¿Herramientas caseras? ¿Machetes que compramos aquel día que pensamos que sería divertido? Pero nunca son suficientemente grandes o afilados para comprar 7 minutos más de vida. Quizá nos faltó pensar más a futuro.

Es ahora cuando, en uno de esos ataques de sensibilidad — uno de esos ¡Eureka! fallidos —, finalmente comprendemos a quienes llamábamos locos: Esa gente que pusimos en el lugar de los fanáticos desquiciados que sólo vivían en las películas.

Quizá los texanos siempre tuvieron razón.


Photo by Yohann LIBOT on Unsplash

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